
Fue por allá por el año de 1972, más precisamente el 3 de Enero, cuando vi un aviso en el fichero del Departamento de Matemáticas de la UTE (Universidad Técnica de Estado, actualmente Universidad de Santiago), ofreciendo diversas becas de estudios a desarrollar en Argentina, Brasil y México. Había terminado mis estudios de una maestría y decidí, luego de conversarlo con mi compañera, ver la posibilidad de postular a México, país por el cual siempre sentí una gran curiosidad, quizás por la lejanía, por sus películas que acostumbraba a ver desde pequeño con mis padres en el Cine Franklin, o por lo poco que sabia acerca de la invasión francesa, que siempre me llamo la atención, o por su revolución de principios de siglo.
Durante mis años en el Pedagógico fue nuestro foco de atención la guerra civil española, la revolución minera en Bolivia y la campesina de México. Sin muchas esperanzas fui al CONACYT a pedir una solicitud, y me encontré con un viejo amigo, ex bibliotecario del Pedagógico, quien me dio la oportunidad de presentar la solicitud. A fines de Febrero recibí por correo la aceptación dentro del Proyecto Multinacional de Matemáticas para realizar estudios en el Centro de Investigación y Estudios Avanzados del Instituto Politécnico Nacional en la Ciudad de México.
El 5 de Marzo deje el país con una gran pena, motivos netamente familiares, y en la noche aterrizaba en la Ciudad de México, llevando en el bolsillo $ 0.78 en dólares americanos y un cheque para cobrarse en un banco por $120.00 US. En el aeropuerto, el oficial tomó mis documentos de visa de estudiante, expedidos por la embajada de México en Santiago y empezó a revisarlos. Cuando estaba por terminar, me dijo, fue un susurro mientras escribía a maquina: “Supongo que por este trabajito me dará usted una propinita.” Yo me hice el que no entendía y él me repitió la frase. Le ofrecí los centavos que llevaba, en Santiago con esa cantidad algo se podía hacer, pero estaba en México. Él me dijo: “Olvídelo, mejor quédeselos.”